Entrevista Jack White

Cara a cara entre Brian McCollum y Jack White (IV)

10/10/2014P. O'Leary

En el tercer post dedicado a la extensa conversación protagonizada por el tándem White/McCollum, dejamos al artista reflexionando sobre sus diferentes bandas y algunas canciones "condenadas" a no ver la luz del escenario nunca más. No desesperéis, este es el penúltimo post... Palabra.


"¿Existe más flexibilidad cuando haces tu trabajo en solitario? Me refiero a la hora de poder incluir ciertos instrumentos y dar forma a las canciones.

JW: Sí, claramente. Es peligroso en mi caso porque siempre he estado limitando mi cerebro en ese sentido. Pero cuando trabajo bajo la etiqueta “Jack White”, se abre el campo de acción. Cuando aparece ese nombre en el cartel [en contraposición al nombre de cualquiera de sus bandas, se refiere]. Te preguntas ¿qué pasa aquí? ¿es un concierto de una sola persona? ¿tiene a 15 músicos acompañándole o solo a 3? Trato de mantenerlo en mente, cuando me planteo cómo atacar una canción o cómo presentarla.
Siempre me acabo aburriendo cuando la gente sale al escenario con las mismas 5 personas, que se han aprendido tu álbum y lo tocan exactamente igual, cada vez. Te provoca momentos nostálgicos, yo siempre quiero ir un paso más allá y llevarlo a un lugar nuevo.
Pero afortunadamente, gracias a que Third Man existe, tuve la posibilidad de grabar el nuevo álbum de Wanda Jackson; para el que reuní una banda entera, con un montón de gente. Esa labor de producción cimentó mi propio trabajo. Sabía qué podía llegar a hacer con los instrumentos de cuerda, de viento o con 7 personas en la misma habitación; cuáles son las ventajas y las desventajas de hacerlo.



Un corte como “Lazaretto” es casi como una producción propia de Jimmy Page, en mi opinión. Tiene esa chispa orgánica que corre a lo largo del tema, ese punto de rock puro. Pero, también, ese otro aspecto que denota que ha sido moldeada en el estudio, con sonidos que entran y salen.

JW: Sí, gracias. Un baterista como Daru, con una base tan hip-hop, proporciona a la canción precisamente ese tipo de estructura. Es una canción muy hip-hop que, de algún modo, hacia el final acaba convirtiéndose en una canción bluegrass en muchos aspectos. Y hay un sintetizador con un toque punk y una guitarra muy garage rock, todo mezclado. Cada 10 segundos se percibe un sonido distinto, sin perder el sentido principal.



Y tiene otro truco mío que siempre trato de introducir en determinadas canciones, como quizás “Seven Nation Army”, donde no hay estribillo. Es bastante complicado escribir un tema comercial, atractivo sin estribillo. Pero soy bastante duro conmigo mismo cuando asumo ese reto: -no lo hagas, no lo hagas, ¿cómo puedes salir de esta sin hacerlo en esta canción?-.
“Lazaretto” también es interesante en el sentido de que mucha gente, del sello Columbia o de la radio, han dicho -¡es genial!, es claramente un single-. Pero termina solo con música y se supone que nunca debes hacer eso, si quieres que se pinche en la radio. Se supone que debes llevar los vocales hasta el final de la canción, o te encontrarás con un gran “no” por parte de la radio; ya que incita a la gente a querer que la canción se acabe o a apagar la radio. Pero parece que nadie lo ha estado haciendo. Todo el mundo la ha estado escuchando hasta el final, lo que es bastante sorprendente. Pensé que la gente directamente pasaría del solo de violín (risas). Pero, por lo visto, funciona bien. Incluso los DJs creen en ese momento.

Cuando creas un disco así, ya tienes una idea preconcebida del tipo –Oh, oigo un violín aquí- o es algo más espontaneo, quizás probando y descartando cosas.

JW: He estado en otros contextos en los que la gente trabaja de ese modo en los discos, en plan –Eso ha estado muy bien, ahora quiero ponerle un violín aquí. Podemos hacerlo el martes que viene. Les enviamos la canción, dejamos que practiquen,…- Lo mío es más como –Oh, wow, Fats Kaplin está aquí hoy-, él toca tanto el violín como la mandolina. – ¿Qué puedo hacer con Fats en esta canción? OK, vamos a intentar esto. Quizás no funcione. Si no funciona, simplemente no se usa. Pero ya que está aquí, vamos a intentarlo ahora mismo-.
Si le dijera –Ven el martes. Esta es la pista en la que estamos trabajando, mira a ver si se te ocurre algo-, él ensayaría (como haría cualquier otro músico) y volvería con algo completamente preparado. Me refiero a que el solo de violín, al final de “Lazaretto”, es improvisado.  Solo dije –OK y después de esto… un solo de violín, ¡vamos allá!-. Eso fue lo que hicimos en el momento, y es lo que aparece en el disco. La primera toma. No siempre tiene suerte a la primera pero, cuando ocurre, es mágico.



El piano está muy presente también. ¿Compones mucho al piano últimamente?

JW: Mmm-hmm. Siempre. Algo similar también ocurre con The Dead Weather, no tenemos un pianista con nosotros. Dean toca la guitarra y los teclados, pero suele tocar más la guitarra porque eso es lo que hacemos cuando nos reunimos en el estudio a tocar en directo. Y con The White Stripes, escribía al piano o con una acústica. A veces, la interpretábamos así o acabábamos conviertiéndola en eléctrica. Ahora tenemos un par de personas que tocan el piano en el escenario todo el tiempo, así que ocurre constantemente.



[...] Cuando hicimos esa película con Jimmy Page y the Edge, era cómo: ¿qué tiene este instrumento? ¿por qué es tan importante para todo el mundo? ¿por qué lo necesitamos para evocar ideas y poesía, y pensamientos y metáforas? Necesitamos ese objeto que nos hace sentir cómodos a todos. Nos gusta ver a alguien con ella sobre el escenario. En La India sería un citar. Es terreno común para todos, supongo. Y creo que el piano es mucho más universal todavía.

¿Cómo es tu relación con la guitarra en estos momentos? Has dicho que hay ocasiones en las que sientes que tienes que tocarla porque "eso es lo que se espera de ti". 

JW: Sí, algunas veces... Me refiero a que, en mi interior, sigo sintiéndome un batería. Y esa es la única alternativa: OK, tocaré la guitarra porque nadie más en la habitación va a hacerlo. Esa es mi mentalidad todo el tiempo, cuando quiero que las cosas pasen. Es como lo que dije antes: yo soy el tío que entra en el restaurante y, cuando preguntan -¿cuantas personas son?-, miro alrededor y nadie contesta; así soy el que tiene que decir -mesa para seis-. ¿Por qué tengo que ser yo el que lo diga? Solo quiero sentarme y dejar que lo haga otro. Así que -vale, supongo que tocaré la guitarra- [...].



¿Todavía sientes esa descarga cuando te enchufas y escuchas ese chisporroteo? 

JW: Sí, siempre me hace sentir bien. Es muy energético. Hay algo peligroso e ilícito en enchufarse a un amplificador. Algo sucio, siempre. No sé de donde proviene esa sensación. La gente siempre tiene miedo a que vayas a tocar demasiado alto o algo así (risas). Definitivamente, es un momento abrupto. No es como estar sentado escuchando un clavecín, del que incluso tu abuela disfrutaría. Es un poco escalofriante mentalmente.

Uno de los ganchos del nuevo álbum tiene que ver con esos antiguos textos tuyos que encontraste. ¿Qué has descubierto sobre ese chaval de 19 años?

JW: Un poco lo que decía hace un rato, que tenía el mundo entero ante mí, corazonadas sobre lo que podría llegar a hacer. Pero sin suficiente experiencia en la vida. Las experiencias sociales en el instituto te dan pistas sobre lo duro que puede llegar a ser el mundo. Pero no es suficiente para sentarte a escribir una novela sobre ello. No eran grandes textos ni nada similar, solo algunas ideas escritas por un chico. Pero pensé que sería interesante colaborar conmigo mismo.
Estaba en una situación extraña porque había escrito la música, hace meses, pero no las letras. Tenía que pensar en cómo iba a enfrentarme a ello. Era un nuevo escenario para mí. Y pensé -Vale, trabaja contigo mismo. Enseña a tu yo más joven cómo escribir una canción, como retorcer una metáfora hasta conseguir que resulte emocionante para alguien más que para ti, cómo las cosas pueden tener triple sentido-.
Cualquiera puede decir: he escrito esta canción, desde lo más profundo de mi corazón, sobre algo terrible que me ha pasado. Eso no es gran cosa. Pero llevarlo al siguiente nivel, en el que no trata sobre ti sino sobre todos; en el que todos pueden encontrar algo interesante con lo que se identifiquen. Eso es más complejo. Es una meta muy elevada. Pero es a lo que yo aspiraba.

Una canción como “Alone in My Home”, creo que es muy fácil para la gente pensar -este es Jack White contándonos lo que quiere-. Es la interpretación más sencilla, la que la gente tiende a hacer.

JW: Sí. Como artista, extraes cosas de tu ambiente que marcan el estilo. Como en esa canción. No tiene nada que ver conmigo pero es cierto que la noción de estar solo en mi casa es muy, muy dura para mí. Porque me he criado con 9 hermanos y hermanas, rodeado de locura todo el tiempo. Así que, cada vez que me encuentro solo en una habitación de hotel en Japón, me resulta muy duro.
Hay situaciones en mi vida en las que creo una "familia", cada vez que tengo la oportunidad, o en las que trato de tener a mi familia a mi alrededor. Pero hay otras en las que tengo que estar solo.

Probablemente podría tener un séquito de 40 personas, estilo hip-hop, y que fuesen conmigo a un club o donde sea... pero no lo hago. De hecho, creo que debería hacerlo (risas). Hace las cosas más sencillas. Si no te gusta estar a solas, no lo estés nunca. Pero esa es una lección que aún no he aprendido.
Esa era la idea, puedes tomar esa frase "alone in my home": rima, tiene las mismas sílabas, tiene un par de significados diferentes y todo el mundo puede identificarse con ella. Mucha gente es feliz con ello: -Oh Dios, todo el mundo se marcha, paz y tranquilidad ¡al fin!-. Para otros, es su mayor miedo. Así que tiene doble sentido.

Creo que “Three Women” es una canción que la gente leerá muy atentamente también.

JW: (Risas) Seguro.

...

Le vemos interpretando "Alone In My Home" en su última aparición televisiva, en The Ellen Show.



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